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Pousada de Palmela, Castelo de Palmela

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Historia:

Pousada Castelo de Palmela

El Castillo de Palmela no tiene importantes referencias arquitectónicas, ni leyendas de casas encantadas. Son relativamente escasos los hechos sobresalientes de su historia. Sin embargo, fue mencionado por Camões en “Las Lusiadas”, donde se exaltan las hazañas de D. Alfonso Henriques, quien, acompañado por apenas unos sesenta caballeros, se apoderó del Castillo a pesar de la desproporción de fuerzas.

En sus muros nació uno de los grandes pioneros del África portuguesa, el Almirante Brito Capelo. Por el castillo pasaron, y en él vivieron, notables gentes del Portugal antiguo, entre ellos Nuno Álvarez y D. Juan II. Allí descansa Diogo de Gouveia, insigne figura humanista. Allí yacen, en sus dos Iglesias, otros notables varones que destacaron por las armas y las letras. En él planea la grandiosa figura del fundador de Portugal, D. Alfonso Henriques.

De ello se deduce que el castillo de Palmela es merecedor de respeto. Además goza de uno de los más hermosos panoramas que pueda concebir la imaginación. Allí se pasan las horas alimentando la vista y el espíritu con esta belleza indescriptible.

A pesar de estar en ruinas desde que se extinguieron las órdenes en 1834, fue clasificado como monumento nacional por decreto de 16 de junio de 1910 y ha sido restaurado por la Dirección General de Edificios y Monumentos Nacionales.

Erguida sobre uno de los últimos contrafuertes de Arrábida, la Pousada de Palmela (Pousada de Santiago) está instalada en un Convento de 500 años de antigüedad. En 1940 se restauró parcialmente el Castillo, y en 1979 se inauguró la Pousada, al finalizar los trabajos de adaptación del Convento.

A pesar de su austeridad, todavía hoy se puede disfrutar en su interior de la manera de ser del siglo XVII. A las galerías se accede por el claustro, antes lugar de paso, convertido hoy en zona de ocio de gran confort. Por las escaleras enmarcadas con gracia por arcos abovedados, se accede  a los servicios, antes de entrar en el refectorio, tal y como se hacía en otros tiempos.

Como de costumbre, se le atribuyen fabulosos orígenes. A cinco leguas al sureste de Lisboa y a dos de la villa de Moita, en lugar prominente, se levanta el Castillo de Palmela.

La Iglesia de Santa María, que está dentro de los muros del Castillo y junto a la torre, es muy antigua y lleva mucho tiempo en ruinas. No se sabe a ciencia cierta cuando se arruinó. Sabemos que en 1534 la Iglesia se rehizo con las aportaciones de Dom Prior y de los devotos. El terremoto de 1755 la dañó considerablemente, pero aun se conservan restos de la edificación del renacimiento.

La Iglesia de Santa María do Castelo, tal y como se afirma, está hoy en día tan en ruinas que es difícil reconstituir lo que fue, a pesar de que existen descripciones. En realidad, queda poco de lo original y de las obras, ampliaciones y modificaciones que sin duda se le hicieron en el siglo XVI e incluso en el XVII.

 

Palmela

Palmela fue fundada en el 310 antes de Cristo, pero la tierra es aun más antigua. Palmela parece ser el diminutivo de palma, palabra de raíz latina que puede significar hoja de palmera y también victoria. Palma es asimismo nombre de mujer y Palme, nombre masculino, que terminó por dar el topónimo a aquella feligresía.

Poco o nada se sabe de Palmela antes de la conquista de Lisboa por D. Alfonso Henriques. Entonces fue abandonada por los musulmanes, sin resistencia alguna, y más adelante fue tomada por las huestes cristianas.

Después de perderse el Castillo de Palmela, éste fue recuperado en 1165 y mandado reedificar. En marzo de 1170 nuestro primer rey confirió carta de seguridad y privilegios a los moros de Lisboa, Almada, Alcácer y Palmela. La carta fue confirmada por la reina Dª Dulce en 1186, y en 1217, por D. Alfonso II, lo cual demuestra que debieron quedar allí muchos de los vencidos.

D. Alfonso Henriques, con su hijo D. Sancho, autorizó el fuero de Palmela en marzo de 1185 (era de César de 1223).

Edificado en una situación privilegiada, dominando vastos horizontes, el Castillo de Palmela es un punto clave entre la cuenca del Sado y la del Tajo. Fue uno de los vértices del triángulo de la defensa de Lisboa en el sur, y se remonta por lo menos a la dominación musulmana. Pero debe ser mucho más antiguo, incluso de origen romano o preromano.

Fue reedificado sucesivamente por D. Alfonso Henriques, D. Sancho I y D. Alfonso II, y ampliado por D. Juan I en el siglo XVII. En tiempos de Pedro II se le hicieron importantes obras.  La posesión de este castillo, fundamental por el punto en el que está asentado, cobró gran importancia por su uso como puesto avanzado.

Sin embargo, el castillo estaba bastante abandonado y algo ruinoso.

Fue en la cisterna de la torre donde perdió la vida uno de los cómplices de un gran drama de nuestra Historia: la conjuración del duque de Viseu contra la vida del rey D. Juan II. En viernes 22 de agosto de 1484, llegó el rey a Setúbal, y como el duque no le estaba esperando allí, se retiró en Palmela donde se quedó con su madre. Al día siguiente mando llamar al duque, haciendo justicia con él personalmente y entregando a los demás implicados al brazo secular de la Justicia civil.

En los siglos siguientes, el castillo no vivió grandes hazañas militares, ni siquiera durante las guerras de la restauración, ni tampoco posteriormente. Más bien parece que estuvo largo tiempo desguarnecido. A pesar de ello, en el último cuarto del siglo XVII, se construyeron las murallas.

La villa no era una plaza de armas ni estaba amurallada. Tenía un Castillo en lo alto de la sierra. El castillo tenía una alta torre con sus fortificaciones, baluartes, su casa del gobernador y cuarteles para los soldados que la guarnecían en tiempos de guerra, con su plaza de armas dentro del mismo, a la que se entraba por una puerta que quedaba cerrada por la noche.

La torre, de piedra labrada, tenía cinco esquinas. Arriba, las almenas, a las que se subía por una escalera de piedra que arrancaba en una casa grande en el interior de la propia torre, con ventana distribuida en cuatro postigos. Desde allí, conforme a la tradición, se bajaba por otra escalera de piedra hasta una cisterna dentro de la misma torre, cuya fundación data del tiempo de los romanos.

Se trata de una de las mejores realizaciones de arquitectura y fortaleza que tiene este reino. Inexpugnable por su situación y por la admirable perspectiva, que ofrece unas vistas magníficas.